La E
Street Band está mayor, pero El Jefe fue capaz anoche
de arrastrar al Olimpo con su música a miles de apasionados
rockeros en San Mamés
Se supone que el formal rockero de Nueva Jersey mide 1,76
metros. Del talón de sus botas de batalla y caña alta hasta las ondulaciones
de su cabello peinado hacia atrás. 176 centímetros dedicados en cuerpo y
alma al rock and roll. Un cuerpo de toda la vida, bien cuidado, que no ha
sufrido excesos con las drogas, el alcohol o la gastronomía (¡le encanta y
le pone a tono el caldo de pollo!) Un cuerpo que presume de vaqueros
ceñidos,que se cincela en el gimnasio y que es preparado para la acción
sobre el escenario en sesiones de masaje que agradecería un ganador del Tour
de Francia...
La comunión dominical con los 1.760 milímetros de sana
carne humana de Nueva Jersey fue total, absoluta en San Mamés. Quizá pagana,
seguramente idolátrica e incluso, por momentos, hipócrita, pues ¿dónde se
esconden el resto del año las decenas de miles de espectadores de esa
ceremonia rock?
Además, Bruce apareció un par de horas antes del
concierto, se arrimó a una barra de katxis del césped... ¡y la peña tardó en
reconocerle! ¡Él se moría de la risa!
La peña atoró San Mamés, pero no se colgó el cartel de
'no hay entradas' en taquilla. Y es que en sus últimas comparecencias
regionales siempre han salido a la venta postreros tacos de entradas. En
Bilbao, ayer se expendieron 500 tickets para anular a la especuladora
reventa. «Para reventarla» como dijo Íñigo Argomaniz, el organizador, jefe
de Get In.
Devora al
respetable
Los 176 centímetros de Springsteen rockearán cada dos
días por la piel de toro. El esquema será: un día de reposo con la familia,
un cómodo periplo en avión privado, y otra descarga de rock en la que la
musculada, masajeada y bien alimentada estrella del rock desde los años 70,
pura en cuerpo y casi también en espíritu (hum... esa separación de su
anterior esposa...), arrastrará al grupo, a su E Street Band, una pandilla
de viejos roqueros.
Bruce derrocha energía. Se come el escenario y devora
también al respetable al que jalea con sus invocaciones y propulsa con sus
canciones. Bruce es El Jefe, The Boss, y la E Street Band aguanta mecha como
puede: el negro antañón Clarence Clemons, orgulloso pero cascado
saxofonista, casi no puede moverse; el guitarrista Nils Lofgren sabe que su
papel es de gregario obediente, al contrario que 'Miami' Steve Van Zandt,
enamorado del soul que si se lo permiten, roba la tostada a su jefe; o el
baterista Max Weinberg, rígido... pues no pocas veces... ¡llega apoyado en
un báculo!
La E Street Band está mayor, pero el frenético Bruce la
puede arrastrar al Olimpo, como anoche. Springsteen, un trabajador del
espectáculo musical comparable a James Brown, que no necesita de playback
como Madonna y que se mantiene en tan envidiable forma física como el hacha
de AC/DC Angus Young, conduce a su grupo, espolea a las masas y se rinde al
rock de verdad. Además de entretener al respetable, Bruce se comunica de
primera mano son sus seguidores, viendo el blanco de los ojos a los
espectadores del 'pit', las primeras filas del césped.
El concierto comenzó con 28 minutos de retraso para
desesperación de los incondicionales. Sin embargo, el inicio fue de los que
marcan época. Asomó Mils Logfren con el acordeón en brazos y se marcó el
'desde Santurce a Bilbao...', en plan folkie y sentimental. Muy grande. Al
rato, apareció Springsteen entre rugidos y se apoyó en el veterano Clarence
Clemonds, armado de su brillante saxo. «¡¡¡Kaixo Bilbao!!!», gritó The Boss
y se metió al público en el bolsillo para toda la noche.
Inició luego el repaso a su vida musical con 'The Ties
That Bind', arrollador seísmo rockero en el que dió rienda suelta a sus
fundamentos. De fondo, increíble casi a sus años, remachaba cada gesto el
baterista Max Weinberg, mayor, pero suficientemente sobrado para dar todavía
más caña que nadie.
Después, y en un sutil y efectista cambio de registro, la
voz de El Jefe pasó de las estridencias del rock, de los decibelios sentidos
del predicador de la música, al tono intimista del soul con 'Hungry Heart',
ese corazón hambriento de música que se había apalancado en las gradas de
San Mamés. Fiel a sus principios, Bruce bajó en ese tema hasta el pit y
premió a sus más fieles seguidores con guiños, saludos y apretones de manos.
Fue una noche inolvidable. Bruce se entregó sin dosificarse. Cantó
estupendamente y asiendo la guitarra compuso estampas de rocker
insobornable.
Aparte de lo mejorable del sonido en tales espacios
incontrolables, la selección de treinta piezas escogidas por The Boss sirvió
para que la Catedral rugiera con El Jefe.
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